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V I V E N C I A S



La visita

            La última ocasión que estuve en tu casa me causaste una impresión muy distinta respecto a la imagen tuya que todavía flotaba entre mis sueños. Por mucho tiempo te había idealizado cual si fueras un ser ultraterrenal y etéreo. No pude evitar un dejo de nostalgia. Algo dentro de mí se había transformado. Ya no te concebía como si flotaras en el éter ni como si estuvieras envuelta en un halo resplandeciente. Más bien eso era solamente una urdimbre de fantasías surgidas en las horas de inmensa soledad.

            Ahora todo me pareció relativamente simple. Tus ademanes y movimientos eran tan humanos como los míos. Tu voz, suave y de ricos matices, no había variado. Sentí un estremecimiento pero no estaba nervioso. Buscaba una incógnita en el infinito. Te miraba absorto, sin poder salir de mi estupor. Toda mi subjetividad estaba siendo aniquilada. No obstante me seguías pareciendo una jovencita de belleza celestial. Esa era la única conclusión digna de mencionarse.

            Al entrar en conversación olvidé mi repertorio verbal. Todo apareció ante mis ojos con la más clara evidencia. La “otra parte de ti” había se había esfumado como el humo. No era más que una abstracción. Pronto recuperé mi aplomo y traté de adoptar la mayor naturalidad posible. Por ningún motivo debía poner mi alma al descubierto. Era mejor abordar temas cotidianos. Y así transcurrieron, sin sentir, casi dos horas.

            Esos momentos bastaron para sentirme satisfecho por el propósito logrado. Tenía curiosidad por comprender el origen de un conflicto emocional y en la visita experimenté una mezcla de sensaciones extrañas.

            Pronto manifesté mi deseo de retornar a mi morada. Ya no tenía sentido permanecer junto a ti. El atardecer me sorprendió en medio de mi desconsuelo. Nunca pude definir el origen de la delicia y la pesadumbre. Mis sentidos no me engañaban. Volví a sumergirme en el mar de la soledad...



Era ella

            Era ella. Nunca imaginé encontrarla en mi vía dolorosa antes de que iniciara el ciclo escolar. Tantas veces había añorado volver a verla desde hace dos meses y mi deseo fue cumplido. La vi a lo lejos. No parecía la misma pero la identifiqué de inmediato. No iba sola. Me hubiera gustado encontrarla de frente y eso pudo haber sucedido si me hubiera adelantado unos pasos. Mas el destino no lo quiso así. Al llegar a la esquina, ella llevaba varios metros de ventaja. No era posible que me viera, y yo la vi, más bien de perfil. Era ella.

            Era ella. no podía dar crédito a mis ojos. Mi mente tenía otra ocupación en ese instante. No podía correr tras ella y hubiera resultado en vano. Preferí mantener mi paso. No iba solo, y cualquier arrebato me hubiera conducido al arrepentimiento y la desolación. La emoción no era tan impactante, pero sí el asombro. Temía que mis sentidos me estuvieran engañando, mas... ¡no!, todo era real y perfectamente plausible. Las contingencias de la vida habían colocado las cartas sobre la mesa. Y yo juzgué pertinente arrancarme del pecho aquella ilusión. Era un ser singularmente tergiversado, pero... era ella.

            Era ella. Llevaba su pelo encogido. Sin embargo, esta modalidad no desmerecía en absoluto su hermosura. A pesar de la distancia, pude apreciar aquel perfil finamente esculpido, su andar grácil y su peculiar donaire. Resultaba inconfundible aquella figura esbelta y frágil. Era ella, y vestía muy juvenil desafiando el paso del tiempo. Iba muy bien acompañada y no era para menos. Sonreía incesantemente mientras conversaba... no sé qué. Ya iban lejos. Seguía siendo sencillamente divina, aunque parecía más joven. El acompañante era digno de su categoría. Me dolía reconocerlo. Parecía mejor que yo y caminaba junto a ella.

            Era ella. Mas ha perdido su influjo sobre mí. Por fin abrí los ojos desmesuradamente ante un hecho natural y evidente: una flor tan bella y tan pura, por designios que dicta la naturaleza debía poseer ya, un dueño; y yo, ensimismado en elucubraciones platónicas, rechazaba tal teoría, al sentirme subyugado por aparentes fenómenos afectivos. Ella, que parecía haber revolucionado mi pequeño universo sentimental, ha muerto ante los ojos del alma. En mi soledad, la recordaré como una quimera, como un “ideal inasequible”. Ya no había lugar a dudas... era ella.



La noche inolvidable         

            No sé si fue en un sueño azul de diciembre cuando te vi por vez primera. Aún persiste una neblina de incertidumbre de aquella ocasión en que no fue preciso separar la realidad del ensueño. Sólo conservo el vago recuerdo de haber vislumbrado, entre las sombras de la noche, la figura de un ser investido de majestuosa hermosura y amable dignidad. Tengo la impresión de haber hallado, al fin, a la encarnación del Ideal, tantas veces anhelado. Desde hace algunos meses gusto de evocarte, quizás sugestionado por el vals que lleva tu nombre: Alejandra... Magna.

            Sin duda, el haberte visto en aquella noche de esponsales ha sido uno de los acontecimientos más gratos de mi vida. Tu presencia vino a conmocionar mi pequeño universo afectivo, haciendo estremecer mi alma. No recuerdo haber experimentado un caudal de sensaciones más rico y contradictorio. Ni tampoco me había sentido tan desconsolado por no disponer de alguna alternativa mediante la cual pudiera hacerte partícipe de mis emociones íntimas. Hoy, queda abierta tal posibilidad.

            Quisiera saber si te percataste que estuve sentado casi frente a ti al momento de la cena. Apenas pude apartar los ojos de tu figura, atento hasta al más leve de tus movimientos. Estaba verdaderamente absorto, preso de una fascinación extraña. Sabía que, desde aquel instante, ya no podría borrarte de mi memoria. Algo indefinible emanaba de tu persona; algo... más allá de la música y las palabras. Resultaba en vano todo intento de reducir tu belleza y armonía a un mero conjunto de atributos físicos. Eras un ser venido de otra dimensión porque ni siquiera el poema más soberbio alcanzaba a describirte fidedignamente. Además, vestías el color de los corazones.

            Las sombras de la noche no me impidieron admirarte. Recuerdo vagamente el timbre de tu voz y sigo pensando en tu rostro maravilloso. Sólo lamento mi falta de atrevimiento para traspasar el umbral de la simple admiración a distancia. Asumí una actitud demasiado pasiva en un momento trascendente. Y es que mi voluntad naufragaba sin remedio. Nunca fui capaz de vencer mis propios temores, y cuando reaccioné ya te habías marchado...

            Desde entonces me persigue el recuerdo de aquella noche de esponsales. Sigo creyendo que todo fue un sueño. Es probable que no vuelva a repetirse jamás. Sólo me conformo con evocar tu aparición inesperada en la noche inolvidable de diciembre y de dedicarte estas humildes líneas...



La tarde de tu ausencia

            Sentí una tristeza infinita porque no te hallé. Era el día y la hora en que acostumbraba visitarte. En mi mente aún bullían los ensueños de aquellos martes en que solíamos platicar. Los momentos felices que tal vez ya nunca volverán. Así lo comprendí aquella tarde cuando tu sonrisa no me recibió en el umbral de la puerta. En poco tiempo, me había habituado al calor que emanaba de tu hogar. Y no llegué a considerar la posibilidad de experimentar un profundo vacío en el seno de aquella morada. Ni de sentir una tristeza infinita porque no te hallé.



            ¡Qué melancolía tan extraña se anidó en el fondo de mi alma! El lugar y la conversación me resultaban ciertamente familiares. Pero no así el espacio reservado para ti el cual estuvo ocupado por otra persona. En todo momento mi mente se mantuvo evocando a la  protagonista de aquel sublime sueño de amor, apenas reciente. Tal fenómeno onírico influyó para que tu imagen desfilara por los senderos de mi poesía. Por eso, extrañé como nunca tu presencia física. No podía dar crédito a un hecho evidente. Me resistía a aceptar que no te hallaras en tu morada. Y eso me produjo una tristeza infinita.

            Volví a casa llevando a cuestas un dolor inefable. Como niño desvalido caminé sobre unas aceras desoladas e inertes. Las silenciosas calles respetaron con solemnidad mi amargura ¡Cómo encontrar un consuelo a mis pesares si me habían dicho que no te hallabas en tu morada! La noche me sorprendió con sus profusas lámparas añorando tu figura y tu voz. Comprendí que nadie, absolutamente nadie, podía ocupar tu lugar en el rincón donde solíamos conversar. Un sentimiento indefinible me produjo un nudo en la garganta. Mi paso se hizo más incierto conforme me alejaba de tu morada. Por primera vez, me di cuenta de todo lo que significas para mí. Inesperadamente, las lágrimas estuvieron a punto de asomar a mis ojos...

            Esa tarde de octubre, no hubo paliativo alguno para la melancolía. Sentí  una tristeza infinita porque no te hallé.



Una cita fallida

            Tú no llegaste. Y el tiempo en marcha avanzaba y me dejaba yerto. Transcurrían los minutos en lenta agonía y cada campanada resonaba en mis oídos inspirando un canto lúgubre y lastimero. Era el canto de la desesperanza y la desolación. Mi alma estaba atónita. Experimenté un desgarramiento interior cuando comprendí que tú jamás acudirías a la cita en aquella tibia tarde de marzo. El lunes ardía como el petróleo ansiando tu entrada triunfal en aquel romántico Café, y tú nunca llegaste.

            Tú no llegaste. Cifré todos mis anhelos en ti desde el venturoso domingo cuando aceptaste acudir a la cita. Confiaba en que me informaras sobre cualquier cambio de decisión. Y al no recibir ningún aviso, me trasladé al sitio convenido con el corazón henchido de gozo. Nunca imaginé cual sería mi derrotero. Tú faltaste a tu promesa y yo me sentía al borde del abismo. A pesar de la grata compañía de algunos amigos, no pude evitar que me agobiara un sentimiento de abandono. “Y sin embargo, no era tanto por la pérdida de tu amada presencia como ver que en ti faltaba la elevada compasión que puede reprimir la desgana por pura amorosa bondad, lo que me afligía, cuando... tú no llegaste”.

            Tú no llegaste. La hora de la espera sumaba campanadas. Los segundos se consumían inexorablemente no sin antes mofarse de mi desdicha. Como blanca teoría por el desierto, vi desfilar silenciosas mis ilusiones, ya rotas y maltrechas, sin nadie que les ofreciera abrigo ni refugio cierto. Con el corazón oprimido, contemplé una fotografía tuya buscando una explicación a tu proceder. Mas no recibí respuesta alguna. Resignado, me limité a admirar tu belleza plástica y regia. Lo que prometía ser un día luminoso al comienzo de la primavera pronto se cubrió con el manto negruzco de la desesperanza. ¡Qué vacío tan profundo! Parecióme que todo el desconsuelo regado por el mundo había venido a helarme el alma. Y todo porque tú no llegaste.

            Tú no llegaste. En medio de mi desventura saqué una conclusión. Sólo el amor podría darte lealtad. Lo sospechaba, y lo confirmé esa vez. “Pero a la provisión de hechos humanos, divinos en todo si no en nombre, ¿no valía una triste hora, añadir este otro? ¿Una vez tú, mujer, llegaste a consolar a un hombre desgarrado por el tiempo, aunque sea verdad que tú no me amas?”...



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